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lunes 16 de marzo de 2009

La tercera trompeta.

"Y el tercer ángel tocó la trompeta.
Y cayó del cielo una gran estrella,
ardiendo como una antorcha;
y cayó sobre la tercera parte de los ríos
y sobre las fuentes de aguas.
Y el nombre de la estrella esel de "Ajenjo".
Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo;
y muchos hombres murieron por las aguas,
porque se habían vuelto amargas."

Apocalipsis 8, 10-11


La sala se había convertido en un templo improvisado. Varias mujeres sacaron algunas estampas, medallas, o cualquier objeto con la imágen de un santo y comenzaron a rezar. Otros esperaban, con la mirada perdida, a un fin que ya habían asumido. Ya casi nadie lloraba. Quizá tenían demasiado miedo para hacerlo. La realidad empezaba a tocarles de cerca y les mostraba sus fauces hambrientas. Y ante eso, poco queda que hacer. Pero a pesar de todo, hay quien no se rinde ni ante lo inevitable.

- Tenemos que saber como funcionan, quienes son, qué quieren hacer... No podemos lanzarnos a ciegas...

- Bea tiene razón. - asiente Pau - Pero, ¿cómo podremos averiguarlo? Creo que no responderán amablemente a nuestras preguntas...

- Yo entraré. - Beatriz mira a los lados - soy la única que puede hacerlo.

- Voy contigo. - dice Jack- Estás loca si piensas que te voya dejar ir sola.

- Lo harás- dice. Y le besa, dejándole literalmente paralizado. Se despide en silencio de ellos y se dirige gateando hacia la puerta que comunica el salón principal con el pasillo que lleva a los servicios.

Obviamente, la puerta está vigilada. Uno de los terroristas, fusil en mano, hace guardia. Descubre a Beatriz cuando ésta intenta pasar a gatas por su lado. La apunta y le pregunta:

- ¿Dónde vas?

- Al labavo. ¿Me acompañas?

- Te acompaño.

Beatriz ahora es Pesadilla, y el terrorista tiene la mirada perdida, está como poseído. Caminando por el pasillo se cruzan con otro de los terroristas.

- ¿Dónde vas con esta loca?

- La llevo al lavabo - dijo el primer terrorista, en un tono uniforme e impersonal.

- ¡Ah! ¡Ya entiendo! Eres un pícaro... Vé. Te cubro. - El segundo terrorista se dirige al puesto del primero, y mira atrás para comprobar que se meten al servicio.

Una vez dentro, Pesadilla reduce al terrorista y se pone su ropa. Carga con su fusil y, tras esperar un tiempo prudencial, sale y se dirige a ocupar el puesto del terrorista. Tras eso, es cuestión de encontrar el momento, y ver a alguno de los terroristas dirigirse hacia un sitio en concreto para seguirle.

Una mano le toca el hombro, y Beatriz, que ya ha dejado de ser Pesadilla, se gira algo sobresaltada:

- Vamos a cubierto, va a sonar la tercera trompeta.

Entonces, de nuevo, se hace el silencio en la sala, al observar a una mujer que sujeta una biblia. Los rezos cesan, y algunos de los presentes comienzan a hacer la señal de la cruz repetidamente. Entonces la mujer comienza a leer con una voz dulce, perfecta para transpitir paz, las palabras que dan paso a otro horror más.

- Y el tercer ángel tocó la trompeta. Y cayó del cielo una gran estrella, ardiendo como una antorcha; y cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre las fuentes de aguas. Y el nombre de la estrella esel de "Ajenjo". Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo; y muchos hombres murieron por las aguas, porque se habían vuelto amargas.

La mujer sigue la rutina establecida, cierra el libro y se aparta, dejando a todos ver las imágenes que se proyectarían. Instantes después comenzaron a sucederse imágenes de centrales nucleares explotando, contaminando todo a medida que la radioactividad se expandía.

Una voz se alzó y dijo:

- Ya no queda mucho para que muramos. El fin se acerca. ¡Dios mío, perdóname!

Tras decir esto, el hombre comienza a llorar escandalosamente, en medio del silencio estupefacto de todos los allí presentes.

Entonces, la mujer que había leído la nefasta introducción cae de rodillas y se oye la misma voz que otras veces, fuerte, profética:

- El sufrimiento purifica, y aún queda mucho que sufrir. Se acerca la cuarta trompeta.




viernes 30 de enero de 2009

La segunda trompeta.

"Y el segundo ángel tocó la trompeta.
Y algo así como una gran montaña, ardiendo en llamas,
fue arrojado al mar.
Y la tercera parte del mar
se convirtió en sangre."
Apocalipsis, 8, 8.

El recinto huele a carne quemada y a muerte. Raquel se abraza a Pau y llora desconsolada. Beatriz intenta encontrar una solución, buscar una salida. Jack juega en silencio con la niña que minutos antes habían salvado.

- ¡Ey! Tienes razón, Jack. Tenemos que hacer algo. Pero, ¿qué?

- Usa tus poderes. No sé. Algo habrá que puedas hacer. Hace un momento has salvado a cinco personas de morir abrasadas.

- Ya. Y yo misma podría haber perdido el brazo.

- Bueno, pero no ha pasado.

- No hagáis ninguna tontería. No sabéis qué recursos tienen. No quiero que te pase nada, Bea... -dice Raquel, preocupada.

- Pero Raquel, ella puede hacer muchas cosas que tú ni te imaginarías.... Y...

- ¿Puede morirse?

- No lo sé. Supongo que sí.

- Entonces mejor que no hagamos nada. La policía debe estar trabajando en esto.

- Creo que tengo un plan - dice Beatriz.

Comienzan a hablar, en voz baja. Entonces, vuelve a aparecer de nuevo un hombre, vestido de negro y cargando una Biblia. Vuelve a situarse tras el atril. Cada alma allí presente se estremece, esperando una nueva tortura, y preguntándose si seguiría viva minutos más tarde. El lector comienza a recitar, esta vez con un acento distinto, quizá francés.

-Y el segundo ángel tocó la trompeta. Y algo así como una gran montaña, ardiendo en llamas, fue arrojado al mar. Y la tercera parte del mar se convirtió en sangre.

Todos allí se abrazan, intentan protegerse sin saber muy bien de qué. Entonces el lector cierra el libro y comienzan a proyectarse de nuevo imágenes de varios pantanos y playas. Del cielo cae una especie de polvo, formando una nube de color rojizo, que al caer al agua la tiñe de sangre. Y en la sangre mueren los que se encuentran en el agua. Al parecer, ese veneno al tocar la piel paraliza los músculos, y los nadadores son arrastrados por la corriente, y mueren ahogados sin poder evitarlo. Unos minutos después, los primeros cadáveres son arrastrados a las orillas del pantano, o a la playa. El silencio se adueña del salón. A media luz, iluminadas por el proyector, pueden verse las caras atónitas de los allí presentes. Una voz les saca de sus fúnebres pensamientos.

- Admirad y esperad. La tercera trompeta sonará pronto.

viernes 9 de enero de 2009

La primera trompeta.

"Y tocó el primero la trompeta.
Y hubo granizada y fuego mezclado
con sangre; y fueron arrojados sobre la tierra.
Y quedó abrasada la tercera parte
de la tierra; abrasada la tercera parte
de los árboles; abrasada
toda la hierba verde."

Apocalipsis, 8, 7



El temor podía sentirse en el aire, que se había vuelto denso por los gimoteos y lamentos. Aquel se lamenta por sus hijos. Mas allá una mujer embarazada acaricia su vientre, quizá intentando consolar a su hijo aún no nacido, quizá pidiéndole perdón por haberle concebido. Aquí, Jack y Beatriz discuten en voz muy baja, para confundirse entre los llantos y no ser oídos.

-Tenemos que hacer algo - dice Jack, apretando sus puños.

- ¿Hacer qué? No sabemos cuantos son, no sabemos si están armados, ni de qué armas disponen. A nosotros quizá no puedan herirnos, pero ¿tienes idea de la gente que hay aquí encerrada?

-¡Pero no podemos esperar! ¿Y si nos envenenan? ¿Y si filtran algún virus por los conductos de aire?

-¿Y qué quieres hacer? ¿Transformarte y hacerte el héroe?

- Puedo volverme invisible, espiarles, enterarme de algo, no sé. Lo que no puedo hacer es quedarme aquí quieto.

- ¡Oh! ¡Claro que puedes! ¿Has olvidado que todas estas personas están paralizadas de cintura para abajo? ¿Cómo piensas caminar entre ellas? Por más invisible que te vuelvas, sigues siendo tangible, cariño... - en la voz de Beatriz se esconde cierto resentimiento, motivado quizás por el miedo.

Entonces reparan en que Pau y Raquel todavía están ahí, y seguramente han oído todo, por la mueca que ha aparecido en sus caras.

- No es un buen momento para jugar a rol, ¿no creéis? - dice Pau, visiblemente enfadado.

Raquel mira a su amiga a los ojos y sabe que no está jugando. Le toma la mano.

- ¿Qué pasa, Bea?

Entonces aparece un hombre vestido de negro, cubierto de arriba a abajo, con una Biblia en las manos. Se sitúa ante el atril y comienza a leer con un acento difícilmente identificable, pero semejante al de un ruso.

- "Y tocó el primero la trompeta. Y hubo granizada y fuego mezclado con sangre; y fueron arrojados sobre la tierra. Y quedó abrasada la tercera parte de la tierra; abrasada la tercera parte de los árboles; abrasada toda la hierba verde."

Cierra el libro y hace una señal a alguien que se encuentra al fondo de la sala. Entonces comienzan a proyectarse imágenes de Paris, asediado por una extraña lluvia. La bandera francesa colocada en la Torre Eiffel se consume en cuestión de segundos, y la torre empieza a tomar un color rojizo, como de metal caliente. Entonces la cámara enfoca al suelo, y se ve correr a gente, cubriéndose inútilmente con abrigos o periódicos. Puede verse como estos objetos se desintegran, se disuelven bajo la lluvia, y como la carne humana se consume por el efecto de ese fuego caído del cielo.

- Napalm... - susurra Beatriz.- Les están lanzando Napalm.

- Y ahora vosotros - tronó la voz del cabecilla. - Tenéis treinta segundos para arrastraros y encontrar un escondite. Después comenzará a caer un ácido altamente corrosivo para la carne humana. Y el tiempo empieza...¡ya!

El terror se apodera de todos los allí presentes. Inmóviles de cintura hacia abajo, se arrastran, como serpientes, buscando refugio bajo una mesa, una carro para bandejas o una silla. Entre sollozos, la gente intenta hacerse lo más pequeña posible, para que ninguna parte de su cuerpo quede expuesta al ácido, mientras resisten los tirones de los que han quedado fuera, que, atendiendo a su instinto de supervivencia, no dudan en sacrificar la vida de otro, amigo o desconocido, para proteger la propia. Al lado de Beatriz, una mujer le ofrece a una niña pequeña.

-¡Por favor, escóndala! ¡Por favor!

- Cinco, cuatro, tres...

Sin demasiada seguridad en si misma, sin saber si funcionará, toma a la pequeña y se la entrega a Raquel para que la acomoden bajo la mesa, entre ellos. Entonces extiende su brazo sobre la madre de la niña, que aprieta los ojos con fuerza, como no queriendo ver lo inevitable, como si cerrando los ojos dejase de existir. Se concentra y espera que funcione.

El ácido empieza a caer, y entre gritos, los que no han encontrado refugio se retuercen. Los que han tenido más suerte, cierran los ojos: no quieren ver. Pero el olor a carne quemada les asalta sin poder evitarlo, y lloran, de angustia y de terror. Mientras tanto, al lado de Beatriz, cinco o seis personas continúan apretando los ojos, y cuando los abren, todo ha acabado. No saben por qué ellos no se han abrasado también. La madre de la niña se gira, para ver a su hija. Entonces ve a una mujer con noche, en vez de ojos y cabellos azabache. Antes no estaba allí. Pesadilla ahoga el grito de terror de la mujer.

- Le he salvado la vida, asique, calle.

Le entrega a su hija, que llora desconsolada. Se abrazan. Pesadilla vuelve a ser Beatriz. Observa, aterrorizada y muda los cuerpos quemados de los que han quedado expuestos al ácido. Llora, y se lamenta.

- No pude hacer más. No... no pude hacer más...

Sus llantos se funden con los del resto de supervivientes y con los lamentos de los heridos.

- No lloréis. Seguís vivos. Mejor sería prepararos. La segunda trompeta no tardará en sonar.

miércoles 24 de diciembre de 2008

Introducción. La apertura del séptimo sello.

- Esta chica será capaz de llegar tarde a su propia fiesta...

Estaba más nerviosa que los propios padres de Raquel. Beatriz esperaba, con tiros largos y tacones a la puerta del salón de banquetes y fiestas. En el fondo, y bajo su aparente mal genio, estaba orgullosísima de su amiga. Atrás quedaban todos los esfuerzos y estrategias que le obligaron a renunciar a ella. Atrás las noches de café, acompañándola mientras estudiaba, o velando, intentando calmar sus nervios antes de ir a ver unas notas. Raquel ya era médica pediatra. Aquella noche estaba especialmente guapa. Pero se había olvidado la cámara de fotos.

-¡Al fin! ¡Pensábamos que no llegarías nunca, chica!

- ¡Perdón, perdón, perdón!

- Anda vamos, que creo que no nos han esperado.

Efectivamente, así es. Un responsable de la Conselleria de Sanitat, que había sido invitado a la ceremonia, se dispone a efectuar un brindis.

- Perdona...¿no queda ninguna copa? - pregunta Jack a un camarero.

- No señor. Si quiere podemos servirles unas, pero me temo que ya no llegarán al brindis.

- Entonces no es necesario, gracias.

El discurso es insufrible y terriblemente largo, pero tras sus fútiles momentos de gloria, alza su copa y todos beben a la vez. Todos, excepto Raquel, Pau, Jack y Beatriz, que en ese momento se encuentran charlando de estupideces varias. De repente, a su lado, a alguien le fallan las piernas y cae al suelo, y, como si de una cadena de piezas de dominó se tratase, las caídas se suceden unas a otras.

Jack da un codazo a Beatriz, y en un gesto casi pactado, los cuatro se tiran al suelo. A donde fueres, haz lo que vieres, que dicen.

- ¿Qué està passant? - pregunta Pau, en voz aún más baja que de costumbre.
- No tengo ni idea, pero esto no tiene buena pinta.

De repente el hilo musical cesa, y una voz acalla los murmullos de terror que crecían en la sala.

-“Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de Aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero, porque el gran día de Su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?”

- Es el sexto sello del libro de la revelación...
-¿De qué? - pregunta uno de los caídos.
- Del Apocalipsis...

Un grupo de personas armadas entran en la sala, provocando un grito de terror.

- Bien, se estarán preguntando qué está pasando aquí. Pues esto es ni más ni menos que el Apocalipsis. Han estado desempeñando su función impecablemente hasta ahora: maquinaria, tecnología, explotación del suelo, tala masiva de bosques, emisión de contaminantes... En fin, colaborando con el verdadero fin de la Tierra: destruirse. Pero alguien que confía demasiado en la importancia del ser humano se empeña en mantener la Tierra habitable. Queréis sobrevivir...¡Necios! ¿Es que no os dáis cuenta de que somos una pieza más en el engranaje? Y lo que ocurre cuando una pieza que ya ha cumplido su función comienza a obstaculizar la función de las demás, es que se elimina de la máquina. Asique os he traído el Apocalipsis.

Por unos instantes el pánico se apodera del salón, pero una vez más los gritos se acallan cuando la voz vuele a tronar.

- No os he envenenado, simplemente he anulado los músculos de vuestras extremidades inferiores. Por eso no podeis manteneros en pie. Probablemente os estéis preguntando si en el resto del mundo está ocurriendo lo mismo. Estoy en condiciones de deciros que sí, puesto que nadie podrá salir de aquí para evitarlo. Probablemente os estéis preguntando también si no seré un enfermo mental con ganas de llamar la atención. Quizá. Pero eso no quiere decir que todo esto no vaya en serio. Y para muestra, un botón. Con la apertura del séptimo sello sonará la primera trompeta... ¿Tenéis miedo?

Un regalo de Navidad.

Pues ya véis. Una que se encuentra desprendida. Y que estar en casa en nochebuena, mientras unos duermen y otros velan en la calle quieras que no da ganas de hacer cosas. Así que hoy os voy a obsequiar con el comienzo de una nueva serie de Misterios y Pesadillas, que será el cuarto volumen (¿cuatro ya?¿todavía no me habéis matado?) de esta chufa de serie que me dedico a escribir. Se llamará Apocalipsis y espero acabarlo antes de 2012.

Este volúmen va especialmente dedicado a tres personas que se han ganado una hornacina en mi altar, tres de mis ángeles, sin duda, a los que nadie podrá arrebatarles el puesto:

Pablo, porque con sus comentarios, a veces algo delirantes, me hace dar vueltas a la cabeza de vez en cuando. Me inspira, ¿por qué no decirlo? Y producto de un comentario no demasiado delirante es el hilo argumental de este cuarto volumen.

Raquel, que se me ha ido (aún no, pero como si sí) a hacer realidad uno de sus sueños. Porque es una valiente, para qué vamos a negarlo... Asique aquí tiene un pequeño regalo de navidad, porque ella también me inspira muchas veces, en muchos aspectos de mi vida, y creo que jamás llegará a saber cuánto.

Y Jack, mi Jack, que aunque no se tome demasiado a pecho lo de ilustrar NUESTRAS historias (¿será porque no le pago?) es una parte indispensable, no sólo de esto, sino de todo lo que hago en mi vida. Gracias por existir.

Sin más, espero que lo disfrutéis.

martes 18 de noviembre de 2008

Ira. Perder la cabeza.

Su guía ha desaparecido. Le ha perdido al girar la esquina de un pasadizo. Ahora Misterio camina, a ciegas, y sin saber hacia donde se dirige. Sólo sabe que Beatriz lo necesita. O eso, o le han engañado.

Oye unos pasos que se dirigen hacia donde él está. Sólo un caminante, pues sus pasos suenan firmes y el eco no revela que junto a él vayan otras personas. Cuando el desventurado llega a su altura, Misterio se avalanza sobre él y le arrebata la túnica que lleva puesta y con la que se viste. Comienza a caminar siguiendo la dirección que llevaba aquel personaje, confiando en que le lleve a su destino.

Parece ser que esa noche la suerte le acompaña, y al cabo de unos minutos llega a una sala bien iluminada, en la que más personajes encapuchados se mueven rápidamente, casi de forma mecánica. Entre ellos, uno alza la voz. Es una voz que le parece familiar.

-¡Vamos hermanos! El ritual está a punto de empezar. Muy pronto saborearé la eternidad, y vosotros conmigo.

-¡No puede ser que sea él!

Misterio intenta contener la rabia, pero nunca ha sido demasiado racional en según que situaciones, así que se avalanza sobre aquel hombre, cogiéndole del cuello.

- ¡¡Maldito hijo de puta!! ¿Dónde está? ¡Dime dónde está o te mato, cabrón!

Pablo acciona una trampilla con el mando a distancia, a la que, con poco esfuerzo podría arrojar a Misterio, que no acertaba a ver más allá de su ira.

- ¡Misterio! - tras él aparece Pesadilla, junto con su liberador, el hermano número 32. Pesadilla le empuja lejos de la boca abierta en el suelo, boca que, como la de un lobo, no podía aguardar más que dolor y muerte.

- ¡Traidor! - tronó la voz de Pablo, en cuanto pudo recuperarse, después de que Misterio le soltase. - ¡Traidor! ¡A él!

- Traidor contigo, pero no conmigo, que al fin y al cabo es lo que importa. No quiero morirme, y no me resigno a perder la esperanza. Quiero alimentarme de esta dolorosa pero dulce duda. ¡Quiero "ser, ser siempre, ser sin término, sed de ser, sed de ser más!*

- Basta ya de parloteo, cotorras de patio. ¿Qué pensabas hacerme, eh? - inquiere Pesadilla con media sonrisa macabra dibujada en el rostro.

Pablo comienza a retroceder pues entre las manos de Pesadilla un haz de luz se acerca peligrosamente a su cuello. No atiende a responder, pero sí a ordenar.

- ¡A ellos! ¿No queréis ser inmortales? ¡A ellos!

Pero sorprendentemente nadie se mueve. Un líder debe ser algo más que un demagogo. Algo más que un hombre que hace promesas. Para mantener la confianza de los que te la otorgaron debes devolverles el favor, o de lo contrario, se cobrarán con intereses las mentiras.

Pesadilla avanza sonriendo, hasta arrinconarle y poner el haz de luz a unos milímetros de su cuello.

- Les prometiste dones que ni yo puedo darles ni ellos deben recibir. ¿Por qué? ¿Sólo por poseerme? Te creía más inteligente.

- ¿Vas a matarme?

- No, pero...

- ¡Yo sí!

El hermano número 32 empuja a Pesadilla que cae sobre Pablo, cortándole la cabeza.

- ¿Qué has hecho?

Pesadilla empuja con un movimiento de su mano al asesino contra una pared. Llena de rabia le golpea desde la distancia. Parece que una lágrima rueda por su mejilla. Misterio acude en su ayuda.

- Tranquila. Yo me ocuparé de él.


Semanas más tarde...


-Cariño... no consigo olvidarme de...

- Sabes que La Hermandad fue un juego de niños. Una especie de locura colectiva. Pero se acabó.

- Me refiero al hombre, al número 32. ¿Qué hiciste con él?

- Tranquila, está bien vigilado...


En la misma mazmorra donde ocurrió todo, el hermano número 32 permanece encadenado, bajo la atenta mirada de el hermano número uno, que sentado ante él le observa muy de cerca: el prisionero tiene su cabeza decapitada entre las piernas.



En tres partes se divide el alma humana:
en mente, en sabiduría
y en ira.

Pitágoras de Samos (582 AC-497 AC) Filósofo y matemático griego.




*Miguel de Unamuno, en Del sentimiento trágico de la vida, capítulo II

martes 11 de noviembre de 2008

Lujuria. Indeterminación y variables.

- Si no acudes en menos de dos horas, morirá.

¿Quién? ¿Por qué? ¿Cuánto tiempo lleva esta nota aquí? Esas fueron algunas de las preguntas que asaltaron la mente de Beatriz cuando leyó la nota que alguien le había pasado por debajo de la puerta. Al final de ésta, sólo una dirección. Quizá fue por obediencia al deber, quizá porque empezaba a gustarle eso de ser una superheroína, con las responsabilidades que conlleva. El caso es que salió hacia esa dirección sin pensarlo, y es por eso que ahora está en peor situación de lo que nunca habría podido pensar.

En el centro de la enorme sala, se levanta una cruz de San Andrés, y atada a ella, Beatriz, casi desmayada. Apenas llevaba allí un par de horas, quizá tres, o eso calculó intentando hacer un promedio entre tiempo subjetivo y el tiempo objetivo que creía que había pasado. Había intentado teleportarse, pero algo le impedía usar su magia, y al mínimo intento recibía una descarga eléctrica sin saber de donde.

-¡Quién es el responsable de esto! ¡Sacadme de aquí!

Los hermanos murmuran. Aquella no puede ser Pesadilla. Nada tiene que ver con la mujer poderosa de pelo oscuro y mirada penetrante que apareció tiempo atrás. En nada se parece aquella endeble mujer a la heroína de figura imponente. Se sienten decepcionados, utilizados y engañados. Pero ninguno dice nada por miedo.

- Estás realmente arrebatadora, Beatriz.

-¡Tú! ¡Otra vez tú! ¡Maldito seas, Pablo! ¿Hasta cuándo me vas a seguir?

- Eres tú la que ha venido a mí, y se agradece que te hayas tomado esa molestia. - el hermano número uno, que no es otro que Pablo, el antiguo becario de la Fundación Gritos de Babel, desata uno de los lazos del camisón de Beatriz, dejando al descubierto su hombro derecho.

- ¿Quién me ha puesto esta ropa? - Beatriz se observa, descubriéndose semidesnuda - ¡Eres un maldito cerdo!

- Sé que en el fondo me deseas, y te lo voy a poner fácil para que no te resistas, preciosa.

Pablo se acerca a ella, besando su cuello, su pecho, su vientre... Beatriz intenta gritar, pero él se lo impide con un conjuro.

- Y ahora, por fin podré tener esa boca...

Ese beso le sabe amargo. Se siente ultrajada e indefensa. Si al menos pudiera usar sus poderes...

- ¡Treinta y seis! ¡Ocho! ¡Doce! ¡Veinticinco! Preparad el altar. Desnudadla y atadla. - los hermanos se retiran- Por fin va a ser mía. Por fin gozaré de su cuerpo. Y esta vez nadie podrá impedírmelo.

Sin embargo, lejos de allí...

- Tienes que acompañarme, la tienen prisionera. Han desactivado sus poderes con un campo de fuerza.

- ¿Quién? ¿Dónde?

- Las preguntas luego, Misterio. ¡Sígueme!

- ¿Por qué tengo que confiar en tí?

- ¿Acaso tienes otra opción mejor?






Todas las pasiones son buenas
mientras uno es dueño de ellas,
y todas son malas
cuando nos esclavizan.

Jean Jacques Rousseau (1712-1778) Filósofo francés.